«The Lords of Time» de Wilson Tucker: cuando la ciencia ficción perseguía la inmortalidad épica

La primera edición italiana data del 1 de abril de 1973, publicada en la serie Urania de Mondadori . En realidad, la historia es de 1954 y no estoy seguro de si alguien ya la había traducido en ese momento. Pronto se cuenta la historia, Gilbert Nash (maravilloso anagrama que significa Gilgamesh), cae a la Tierra en un período no especificado de la prehistoria. Con él caen otros ocupantes de una nave espacial en misión, procedentes de un planeta lejano. Estos extraterrestres, con rasgos humanos pero con una tez más aceitunada y diversas habilidades extrasensoriales, perdidos en un planeta que no es el suyo, separados por el desapego e incapaces de comunicarse entre sí, se encontrarán viviendo en varias épocas, pero sobre todo se encontrarán como dioses de una raza humana subdesarrollada que, en todos los rincones del mundo, serán ayudados a progresar; el propósito será cualquier cosa menos un espíritu de benevolencia o solidaridad; cada uno de los supervivientes necesitará reproducir la tecnología apropiada para reconstruir una apariencia de nave espacial y regresar a su planeta.

Los únicos que resistirán las distintas épocas, sin embargo, serán los dos protagonistas, Gilbert Nash, de hecho (en busca, como su anagrama, no solo de la vida eterna sino de la manera de volver a su espacio-tiempo en el que disfrutar de su eternidad) y una inquietante Carolyn que, habiendo encontrado refugio en los Estados Unidos de la década de 1950, se casa con un científico que está trabajando en un proyecto secreto para la NASA, una nave espacial capaz de superar el límite de la velocidad de la luz (que utiliza agua pesada) . Primero intentará ayudarlo (sin su conocimiento) a tener éxito, luego lo matará. La novela comienza con este asesinato, y Nash se da cuenta de que algo más se esconde detrás de este crimen y emprenderá la pista del otro último sobreviviente de su accidente cósmico.

La novela es una obra maestra no tanto y no solo porque apenas hay acción y el lenguaje se hunde en la psicología de los personajes de manera perfecta, sino sobre todo por la temática inteligente y altamente plausible que propone. La humanidad acompañada en el curso de su evolución por presencias extrañas que lo tenían todo menos una intención benéfica y, en todo caso, oportunista de brindar ayuda y conocimiento; extraterrestres transformados por los humanos, por sus conocimientos y habilidades, en dioses para ser adorados (en la novela Carolyn también habría sido uno de los dioses egipcios adorados por esa civilización).

Tucker lo sitúa todo en la América gris y de posguerra de la década de 1950, la de la Guerra Fría, de espías, de sombra, de plantas nucleares bajo control, de paranoia por robo de datos indispensables y conocimientos científicos esenciales. Las ubicaciones son ciudades anónimas como Oak Ridge y Knoxville. El ambiente es lúgubre, los escenarios espartanos, los diálogos brillantes y llenos del deseo de profundizar. Los Señores del tiempo son los dioses que, para nuestro tiempo en el que se nos permite vivir, parecen inmortales (después de toda la epopeya de Gilgamesh, en el prefacio, se enumeran todos los reyes que gobernaron antes que él, destacando la duración milenial de sus reinos; ¿quiénes eran? ¿Cuánto tiempo vivieron?). Pero incluso esos dioses no son inmortales. Solo en su planeta tienen la oportunidad de serlo. Aquí, en la Tierra, su tiempo también terminará.

Nash, a diferencia de Carolyn, consciente de que ya no puede cambiar su destino como mortal, lo acepta y se resigna a vivir en la Tierra durante más de milenios. Pasa edades tras edades, sabe que no durará pero de los ojos humanos siempre debe esconderse, porque tarde o temprano lo podrán descubrir. Carolyn no se rendirá. Esta espléndida novela se consuma en este duelo a distancia, que alguien debería tomarse la molestia de reimprimir. Pero quizás, en estos tiempos neo-medievales (humanos), neo-oscurantistas, científicos y oscuros, estemos pidiendo demasiado.

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